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Ensayo de autor

Somos diferentes. O Divagaciones sobre el etnocentrismo.

23 de agosto de 2004

(escrito esencialmente en 2004, a los 21 años, y actualizado a lo largo de los años)

Proyectamos nuestra identidad todo el tiempo en busca de conexión. La imagen que se proyecta de uno mismo es la forma primaria de transmitir el contenido individual. La esencia la guardamos en una capa secundaria. Proyectamos nuestro bagaje cultural de forma consciente o inconsciente para conectarnos socialmente. Y la interpretación de las actitudes que cada ser hace del otro es la forma de buscar alguna equivalencia afectiva, que determina la unión de “semejantes” en nichos sociales. Es nuestro inconsciente trabajando en la validación del otro, juzgando signos semióticos y buscando conexión por alguna semejanza, o excluyendo por la diferencia. Así trabaja nuestra mente al organizar los nichos sociales: estandarizando lo que vemos y analizándolo a través del filtro del bagaje cultural. Lo diferente asusta y tiende a ser repelido. Y aquello que se asemeja de alguna forma es aceptado.

Esa identidad orgánica nuestra, que nunca deja de metamorfosearse, revela la etiqueta asumida ante los demás, muchas veces de forma estereotipada en un mundo dominado por el impacto de la imagen. La vista impacta mucho. Es el sentido con mayor capacidad de análisis para la conexión afectiva, siendo por tanto el mayor generador de interpretaciones y juicios. La imagen es casi todo. Una imagen con guion conduce una narrativa. Un hombre malo, de muy buena apariencia, es más aceptado que un hombre bueno, de mala apariencia. (De ahí la peligrosa fuerza de la televisión sobre los espectadores pasivos, construyendo personajes políticos malos en esencia, pero con apariencia de salvadores).

Constantemente creamos patrones paralelos a nuestros principios al exponernos a un nuevo paradigma. Antes de añadirlo a nuestro bagaje cultural, lo analizamos. Si el nuevo hecho es más disruptivo respecto a nuestro bagaje actual, tendemos a rechazarlo inicialmente, de forma prejuiciosa. Funciona como una regla básica de supervivencia social, ya que lo diferente nos asusta. Formamos un concepto preconcebido del hecho y buscamos las sinapsis que tenemos para categorizarlo. Recordemos que la interpretación varía de una persona a otra por estar directamente ligada al bagaje cultural del momento, que son las referencias que cada individuo acumula a lo largo de su vida.

A partir de ahí dejo de pensar en dualismos como lo correcto y lo incorrecto culturalmente. Claude Lévi-Strauss criticó de forma brillante el etnocentrismo. Es decir: la “verdad” siempre será relativa al bagaje cultural adquirido hasta ese momento. Ni mejor ni peor. Cada cultura tiene su verdad. Relativizar la verdad resulta necesario porque abarca las diversas individualidades y las diversas culturas que existen. Si todos fueran iguales, los comportamientos serían iguales y completamente previsibles. Como no todos son iguales, aunque muchas veces intenten comportarse como si lo fueran, resulta imposible estandarizar por la fuerza, por mucha semejanza que pueda haber. Y esa es la libertad individual históricamente reprimida en las diversas ocasiones en que el ser humano cayó en el totalitarismo “etnocida” del comunismo, por ejemplo. (El etnocidio es la destrucción sistemática de los modos de vida y pensamiento de pueblos diferentes de quienes emprenden esa destrucción).

Cada ser humano ha estado expuesto a un medio. Esos medios influyentes pueden ser incluso los mismos para dos personas distintas, pero aun así no necesariamente verían la misma “verdad”. Dos responsables: la genética y el contexto. La genética tiene su parte de influencia en la personalidad del ser humano por cuestiones biológicas y químicas, y el contexto en el que surgen las influencias a lo largo de la vida de cada uno nunca es el mismo. Los gemelos idénticos no tienen la misma personalidad y pueden no ver la misma “verdad”.

La configuración de valores está en constante transformación. A cada momento se rompen o absorben paradigmas y surgen nuevas modas sociales. Ese cambio constante es la elaboración del interminable bagaje cultural que cada uno lleva consigo. Los contextos acompañan el cambio. Y dentro de esos contextos analizamos los hechos, siempre juzgándolos e intentando meterlos en alguna cajita. Por eso las opiniones deben cambiar, principalmente con el paso del tiempo. Al fin y al cabo, cuanto más tiempo se vive, más referencias se absorben.

Utopía aparte, y siendo conscientes de la inexistencia de lo correcto o lo incorrecto respecto a una verdad única, podemos absorber lo diferente como un punto de vista más que, al final, solo aumenta el bagaje cultural. Una visión que aporta mucho, pues muestra otra interpretación, por absurda que pueda parecer, pero que siempre añade información a nuestro bagaje. No podemos quedarnos atados únicamente a la opinión en sí. Si verdad = conocimiento, no hay fin en la búsqueda.

La opinión debe deconstruirse constantemente, forjando un conocimiento que jamás será finito. Para juzgarla hay que intentar comprender su factor constitutivo: el contexto. Las mismas palabras, pronunciadas por dos personas, comunican la misma información, pero la semejanza se detiene ahí. Los contextos que llevaron a cada individuo a elaborar ese pensamiento son diferentes.

23 de agosto de 2004